Advertorial L3 Review
"Escondí mis pies durante 12 años. Esto fue lo único que por fin funcionó."
Tengo 58 años. Y durante doce de ellos no he dejado que nadie me viera los pies. Ni mi marido. Ni mis nietos en la piscina. Nadie.
Empezó en una uña. Un puntito amarillo después de una pedicura en un salón al que llevaba años yendo. No le di importancia. A las pocas semanas la uña entera estaba amarilla. Luego se puso gruesa. Luego se contagió la de al lado. Y yo, mientras tanto, me decía que era cosa de la edad y a seguir.
Pero no era verdad que no me importara. Me importaba muchísimo. Dejé de ir a la playa con sandalias. Empecé a dormir con calcetines para que mi marido no me viera el pie. Dejé de hacerme la pedicura por vergüenza de que la chica me viera la uña. Doce años así. Doce veranos escondiéndome.
Probé absolutamente todo lo que venden en la farmacia
Hice lo que hace todo el mundo. Fui a la farmacia y me llevé un esmalte antihongos de esos caros. Lo usé cada noche, religiosamente, durante meses. Nada. Cambié de marca. Nada. Probé una tercera. Compré no sé cuántas cosas por internet que prometían el oro y el moro.
Ni una sola de todas esas cosas me hizo el más mínimo efecto. Tiré un dineral.
Las pastillas también me las ofreció el médico. Pero una amiga las había tenido que dejar por el hígado, le salieron mal los análisis, y a mí me entró tanto miedo que ni las empecé. Así que después de unos años, me rendí. Me dije que yo era de esas personas que se quedan con esto para siempre.
Me había convencido de que era culpa mía. De que no lo hacía bien. No era culpa mía. Estaba usando algo que, por mucho que me esforzara, físicamente no podía llegar al problema.
Lo que nadie me explicó en doce años
Esto lo entendí muchísimo más tarde de lo que debería.
El hongo que te pone la uña amarilla no vive encima de la uña. Vive debajo, en la raíz, detrás de una de las barreras más duras que tiene el cuerpo humano.
Cuando te frotas una crema por encima y te pones el calcetín, esa crema está en contacto con la uña unos segundos antes de secarse y quedarse pegada al calcetín. Unos segundos contra una barrera hecha para que no entre nada. Nunca llega a donde está el hongo de verdad.
Me lo explicaron con una imagen que no se me ha olvidado: es como una mancha de humedad en el techo. El agua está en la madera de dentro. Por mucho que pintes el techo por fuera, la humedad sigue ahí. Eso es una crema: pintura sobre el techo.
Y para nosotras es peor todavía. Con los años, entre los esmaltes y las horas metidas en zapatos cerrados, la uña va acumulando humedad por debajo. Y si encima te lo pegan en un salón, como me pasó a mí, ya lo tienes servido. Yo trataba la uña un minuto por la noche y me pasaba el día entero alimentando al hongo sin saberlo. Con razón no avanzaba.
Mi hija me pidió algo que casi ni quise probar
Mi hija me vio un día buscando otra crema por internet, harta ya de oírme quejarme, y me pidió un aceite que había visto. Sin hacer mucho ruido. Creo que ya no me aguantaba más las quejas, doce años son muchos.
Casi ni lo abro. Pensé que sería otro dinero tirado, como todo lo demás.
Pero leí cómo funcionaba y, por primera vez, algo me tuvo sentido.
Se llama VEXO. No es una crema espesa que se queda fuera: es un aceite líquido que penetra la uña y llega a la raíz, justo al sitio donde el hongo se esconde y donde ninguna de las cremas que había usado llegaba ni de lejos. Dos gotas, seca en un momento, y a seguir. Sin pastillas. Sin médicos. Sin que me vea nadie.
A las pocas semanas vi algo que no veía hacía años
A las dos semanas la uña se veía un poco menos gruesa. Pensé que me lo estaba imaginando, de tantas ilusiones rotas que llevaba.
Pero a la cuarta semana había una franja de uña nueva creciendo desde abajo. Uña limpia, sana, naciendo desde la raíz. Por primera vez en más de diez años. Me eché a llorar en el baño, así, sin más.
Este verano me he quitado las sandalias en la playa con mis nietos. Sin pensarlo. Primera vez en doce años que puedo decir eso, y se lo dije a mi marido bajito, como si todavía no me lo creyera del todo.
Se lo he contado a media calle desde entonces. A mis amigas, que estaban igual que yo y se habían rendido. A mi cuñada. Mujeres que habían tirado cientos de euros en cremas que no hicieron nada.
A mí no me paga nadie por contar esto. Lo cuento porque perdí doce años por algo que al final tenía una solución sencilla, y prefiero que la siguiente no espere tanto como yo.
Si has probado las cremas, los esmaltes y has empezado a pensar que te vas a quedar así para siempre — no es verdad. Solo estabas usando algo que no podía llegar al problema. VEXO tiene 60 días de garantía, así que si no te funciona no pagas. Esa garantía fue lo único que me hizo arriesgarme después de años de decepciones. Me alegro de haberlo hecho.
Una cosa: pídelo en su web oficial. Lo busqué más barato por ahí y lo que encuentras son imitaciones aguadas que no sirven para nada. Cómpralo donde toca.
Esto es lo bueno de comprar en VEXO
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VEXO nace para dar una solución de verdad a un problema que a tanta gente le habían dado por imposible. Cuidamos cada pedido como si fuera para alguien de nuestra familia, y por eso ofrecemos pago al recibir y garantía: si tú estás tranquila, nosotros también.
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